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La noche del aguacero

La noche del aguacero, cuéntame dónde estuviste que no te mojaste el pelo.

Aquella noche llovió como si no fuera a existir un mañana. Fue una de esas tormentas que aparecen en las noticias y que dan trabajo al cuerpo de bomberos. La tromba de agua fue de tal magnitud que los huéspedes del ático bajaron aterrorizados por el estruendo del agua sobre el tejado. Fueron testigos de otra tormenta, la que tuvo lugar aquí mismo, frente a la recepción de Saucepolis. Esta tormenta, no tan literal pero aún más dramática, llevaba años fraguándose. La meteorológica surgió de la nada, de hecho había hecho una tarde esplendida. La casualidad quiso que ambas estallaran a la vez y que yo estuviera presente.

Comunicando

Suena el teléfono en Saucepolis

-Hotel Sauce, buenas noches.

-Buenas noches, quería hacer una reserva para el lunes que viene.

-Me temo que será imposible- digo mientras compruebo el abarrotado planing.

-¡Qué me dice! ¡Cómo es posible!

La noche de la marmota

Es medianoche en Saucepolis. En la radio suena el boletín de noticias: “Una ola de calor sahariano invade la península alcanzando temperaturas de…”. Natural, pienso. Una ola de calor en julio parece un tema algo trivial para abrir un informativo. La falta de noticias ha de ser alarmante. Oigo el camión de la basura, llega algo temprano hoy. Me dispongo a entrar el cubo; los operarios dejan últimamente el cubo junto a la puerta y a los huéspedes no les gusta encontrarlo ahí. Regreso de recoger el cubo cuando me encuentro con un cliente impaciente frente al mostrador.

El Sueño de una noche

Fue una de esas cortas noches de verano. Una leve brisa aliviaba las ardientes aceras de esta ciudad tras una infernal jornada de calor sofocante. El cielo estaba claro, transparente, y sin luna. Las estrellas amenazaban con caerse del cielo con un fulgor tan maravilloso que sobrecogía. En Saucépolis reinaba una quietud extraña en estas bulliciosas noches de verano. No había paseantes degustando helados, ni enamorados besandose furtivos tras la esquina. No había huéspedes trasnochadores esta extraña noche de verano.

La noche se prometía tranquila, pero la falsa promesa no tardaría en desvelarse. Desvelado andaba yo, según mi costumbre y obligación, pero lo que a continuación vería no fue fruto de la vigilia ni del desvelo. Tampoco un delirio, doy fe. tal vez un sueño lúcido propio de quien mucho piensa y poco cuenta, y a fuerza de pensar pierde la razón y el juicio.