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Todo está en los libros

¿Hay una sensación mejor que la de abrir un libro nuevo? Adoro ese olor a tinta, a cola y a papel nuevo, ese crujido de las páginas… Pero sí que hay una sensación mejor, la sensación de abrir un libro viejo. Un libro que tal vez un día leíste. A veces encuentras recuerdos en él. Un billete de autobús que utilizaste para marcar, una horrible mancha de algo que estabas comiendo, unos granos de arena de aquella playa en la que lo leíste o incluso el leve aroma del perfume que entonces utilizabas. Si el libro ha pertenecido a otras personas se puede encontrar en él la impronta de aquellos que se pasearon por sus páginas.

Aquella noche yo acababa de entrar en Saucepolis. Mi turno no había hecho sino comenzar. Un objeto llamó mi atención desde la cafetería. Había un libro sobre una de las mesas de la cafetería del hotel, Mi Habitación Favorita. Me acerqué y le eché un vistazo. Se trataba de una vetusta edición de bolsillo de las aventuras de C. Auguste Dupin, de E.A.Poe. Una bonita recopilación de las tres historias del detective. Quien quiera que fuera el dueño de aquel libro ya se había ganado mi simpatía. Adoro las novelas de detectives. Y aunque soy admirador confeso de Holmes, que llega a mofarse las técnicas de Dupin en un par de relatos del Canon, no se puede negar que Conan Doyle tomó a Dupin como modelo de Sherlock del mismo modo que Christie se inspiró en ambos para crear a Poirot.

Leer un libro en una cafetería es toda una rareza hoy en día. Vivimos tiempos de prisas y estamos esclavizados por los dispositivos tecnológicos. Es habitual encontrarse cargadores, teléfonos o tabletas olvidadas, pero encontrar una novela de detectives sobre la mesa de un café era demasiado sugerente para ser cierto.

Miré a mi alrededor, pero no había ya nadie en la cafetería ni en el hall del hotel. Sin duda alguien olvidó el libro durante el turno anterior. Decidí que tenía que encontrar al dueño del libro y hacérselo llegar. Si yo perdiera mi volumen de relatos de Dupin agradecería enormemente que alguien hiciera lo mismo por mí. Así que imbuído por el espíritu de Holmes decidí buscar indicios que sugirieran a quién pertenecía aquel libro.

Abrí el libro y mis simpatías por el propietario decayeron dramáticamente. Tenía la fea costumbre de marcar las páginas doblando la esquina superior. A parte de esto el libro estaba en buenas condiciones. Las páginas habían amarilleado un poco, y el papel no era de gran calidad. Las tapas blandas estaban sorprendentemente conservadas para una edición de bolsillo. Sin duda aquél volumen había pasado buena parte de sus treinta años en una estantería. No había polvo en el lateral. No había estado en una biblioteca olividada. La edición, como digo, era de hace más de treinta años, de una editorial desconocida para mi con sede en Buenos Aires. No había marcas ni anotaciones, no había exlibris ni sellos de biblioteca. No iba a ser tarea fácil.

Pensé que el libro tenía que pertenecer a alguien de cierta edad. La fecha de edición era un dato a tener en cuenta, y el libro estaba demasiado bien cuidado para haber pasado por varios dueños. Estaba pensando en que quizá fuera una mujer, la costumbre de doblar la esquina superior es algo que había visto en varias mujeres anteriormente. En esto estaba pensando cuando encontré entre las páginas un largo cabello de color indescriptible, seguramente fruto de un tinte. Mis sospechas se confirmaban. Así pues, teníamos a una mujer de mediana edad, con el pelo largo y teñido, aficionada a las novelas de detectives y posiblemente argentina.

El ascensor se abrió en la planta baja y el vivo retrato del fruto de mis pesquisas salió de él. Una elegante señora de unos cincuenta años, media melena color caoba y marcado acento porteño pidió un té para subir a la habitación. Mientras se lo servía comenté:

-Creo que se dejó algo antes en la cafetería, señora.

-No he echado nada en falta.

-¿No es suyo este libro?- dije mostrándole el ejemplar.

-Es la primera vez que lo veo. Hace tiempo que no llevo libros conmigo. Mi ebook es una maravilla.

-Disculpe, señora- dije desolado mientras servía el té.

La señora se retiró a su habitación dejandome confuso. Un muchacho en pijama bajó por las escaleras desde la primera planta.

-Disculpe señor, ¿No habrá visto usted un libro en la cafetería?

El muchacho no tendría mas de doce años. No encajaba para nada en mis esquemas. tenia que tratarse de un error.

-Tal vez, ¿Qué libro has perdido?

-Una vieja edición de las aventuras de Dupin.

-Pues si, precisamente por aquí lo tengo. ¿Te gustan las novelas de detectives?

-Es la primera que leo. En realidad me quita usted un peso de encima. He “cogido prestado” el libro de la biblioteca de mi tía, me habría sabido fatal perderlo. Pero de momento me está encantando.

-Solo te diré dos palabras para cuando lo termines, muchacho, Sherlock Holmes- dije mientras devolvía el libro al chico.

-Gracias- dijo, y subió a la carerra por las escaleras.

-¡Disculpa!- dije, -¿Es de Argentina tu tía?-

-No, pero vivió un tiempo allí hace años, ¿Cómo lo sabe?

-Elemental, muchacho, elemental.

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