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La funda del contrabajo

Sucedió una noche en la que una orquesta que tocaba en el Auditorio de Zaragoza se alojó en el Hotel Sauce. Duermen con nosotros cada vez que tocan en la ciudad y disfrutamos de su compañía con cierta frecuencia. Como en cada visita, el músico que toca el contrabajo había dejado el instrumento con su imponente funda en el hall del hotel.

En una ocasión me confesó que el contrabajo es un compañero de viaje poco agradable, demasiado voluminoso en trenes, aviones, coches de alquiler… y habitaciones de hotel. De hecho, cuando se alojan con nosotros, el contrabajo se queda en el hall, justo junto a recepción. Así que cada vez que la orquesta duerme en Zaragoza yo tengo por compañía durante toda la noche un instrumento de más de dos metros de altura embutido en una enorme y negra funda dura.

Sin duda es absurdo, pero en la soledad de la noche, esa forma oscura en mitad de mi campo de visión es capaz de sobresaltarme en más de una ocasión. Mis ojos se desvían del monitor hacia el silencioso acompañante como si alguien estuviera quieto y callado a pocos metros de mi. Yo soy consciente de que está ahí, y sé bien que no es sino un enorme instrumento de cuerda, pero cada pocos minutos algo hace saltar una alarma en mi cerebro y me encuentro a mi mismo mirando aturdido a la funda del contrabajo.

Mientras trabajaba tratando de no mirar el contrabajo sonó el teléfono. Una compañía de seguros llamaba para reservar una habitación a un conductor cuyo vehículo se había averiado. Pocos minutos después llegó el huésped con la cara descompuesta y blanco como el papel. Pidió una cerveza y decidió contarme sus peripecias.

Al parecer el tipo era taxista en Barcelona. En ocasiones hacía traslados especiales para una funeraria para sacarse un sobresueldo. Aquella noche le habían contratado para trasladar el cuerpo de una señora, natural de un pueblecito de Jaén pero residente en Cornellá. Al parecer había dejado dicho que deseaba ser enterrada en su pueblo, y la familia había solicitado el traslado a la funeraria.

Nuestro amigo había salido de Barcelona al caer la tarde, y en mitad de la madrugada, subiendo el puerto de la Muela a las afueras de Zaragoza, el coche fúnebre había dejado de funcionar.

-No te haces una idea del mal rato que he pasado- decía el desdichado conductor.

-¿Te imaginas estar parado en una cuneta en mitad de ninguna parte, con un viento del demonio, el coche estropeado y un cadáver en el maletero?

-Me hago cargo-mentí.

-Nunca me acostumbraré a este trabajo. Los del seguro han tardado sólo unos minutos, pero se me ha hecho eterno. Además, me han dicho que se encargaban del coche, pero no de su contenido. No sabes lo cerca que estado de venir al hotel con señora y todo- dijo con una risotada nerviosa que no me gustó nada.

Al parecer había estado llamando a todas la funerarias de la ciudad hasta encontrar una que se hiciera cargo del cuerpo durante unas horas, y no había sido tarea fácil a esas horas de la madrugada.

La segunda cerveza había templado sus nervios y comenzaba a verle el lado divertido a la anécdota. Yo seguía sin vérselo, seguramente por la falta de cerveza.

-¿Te imaginas? – dijo con ojos vidriosos y apenas conteniendo la risa.

-Ha faltado un pelo para que me presentara aquí con un enorme ataúd negro…Ja ja ja Menudo susto te habría dado. Casi puedo imaginarme a la señora descansando en su ataúd justo ahí, en el hall del hotel- dijo señalando en dirección a la funda del contrabajo.

¡Toc, Toc, Toc!

Juro que se me heló la sangre. A nuestro amigo el taxista se le quedó el dedo señalando, la barbilla temblando y la cerveza a medio camino entre la barra y su boca. Yo me parapeté tras el mostrador completamente paralizado. Era indudable, tres golpes secos, como de nudillos golpeando madera habían resonado en el hall del hotel.

¡Toc, Toc, Toc!

Ambos miramos la funda del contrabajo y nos miramos después el uno al otro, petrificados. Ignoro cuál era la expresión de mi cara, pero la del taxista era todo un poema. Una mezcla de perplejidad, incredulidad y susto que habría resultado cómica si no hubiera estado yo mismo aterrado.

-Perdón-Dijo una voz que venía inequívocamente de la funda del contrabajo.

Y una cabellera enmarañada, el inconfundible pelo del músico que siempre deja su instrumento en el hall, asomó de detrás, que no de dentro, de la funda del contrabajo. Había salido del ascensor y se había deslizado sigilosamente hasta situarse detrás de su instrumento.

-Siento interrumpir, pero olvidé mis llaves dentro de la habitación. ¿Tienes un duplicado?- dijo el contrabajista con gesto suplicante.

Desde aquella noche, la funda del contrabajo duerme en un office cada vez que la orquesta nos visita. Ahora son las camareras de pisos las que se sobresaltan cuando se la encuentran por la mañana.

 

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