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A través del espejo

Un sudor frío recorre mi espalda al recordar los sucesos acaecidos hace ya un tiempo en este lugar. Pese a mis intentos por olvidar aquella noche no he sido capaz de borrarla de mi memoria y las imágenes siniestras de lo que aquella noche fui testigo permanecen inmutables en mi recuerdo. Como una maldición, como un cruel castigo, como una penitencia insoportable, aquellos hechos me persiguen y torturan en las largas madrugadas de insomnio. Me dispongo a continuación a dejar constancia de aquel acontecimiento. Me falta el valor pero me puede la esperanza de que, a modo de expiación, poner por escrito lo que sucedió me libere de la carga que soporto. Que Dios proteja las almas de aquellos que se asoman a estas líneas con la misma imprudencia con la que yo me asomé aquella noche al espejo.

Frente a la recepción del Hotel Sauce se eleva una escalera que conduce al primer piso. En la pared del descansillo cuelga un espejo. Poco sospechaba yo que aquel espejo sería motivo de tantos quebrantos. Casi nadie repara en él, pero por lo visto lleva ahí más tiempo del que cabría esperar.

Una aburrida noche de invierno recibí una visita inesperada. Un extraño personaje se acercó a la recepción. Su rostro era la viva imagen de la desesperación, y vestía un extravagante atuendo. Lucía una levita granate de mezclilla, pantalones a rayas con mas uso del deseable y corbata de lazo. Llevaba el pelo engomado y peinado a raya y tenía un fino bigote sobre una cara mal afeitada.

- Un sujeto curioso- pensé mientras me fijaba en sus perennes ojeras.

- ¡Qué hace usted aquí, insensato!- me dijo con voz angustiada.

-Está a punto de llegar, ¿no se da usted cuenta? ¡Le atrapará, le atrapará para siempre!

Sus ojos inyectados en sangre mostraban un terror que me sobrecogió.

-Disculpe caballero, no se de qué me habla. ¿Puedo ayudarle en algo?

-Desde luego que puede ayudarme, peno no lo hará ¿verdad?. Ninguno lo hace- me dijo con una sonrisa que era casi una mueca.

-¡Huya, buen hombre, huya de aquí si no ha de ayudarme!- gritó mientras subía las escaleras a la carrera.

Me quedé petrificado, permanecí en silencio unos segundos tratando de asimilar lo que acababa de suceder. Cuando logré reaccionar subí tras sus pasos, pero era tarde, no había rastro de él. Cuando regresé a la recepción comprobé que la puerta del hotel estaba cerrada, y recordé que el extraño visitante no llamó al timbre. Se presentó sin más frente a la recepción.

-La falta de sueño y la soledad terminarán por volverme loco-, pensé mientras continuaba con mi trabajo dando por hecho que había tenido algo parecido a una alucinación.

Mientras trabajaba tuve una extraña sensación, la sensación de estar siendo observado. Alcé la vista y no vi a nadie, pero al mirar hacia la escalera se me heló la sangre. El visitante me miraba, con cara de pánico desde el espejo del descansillo. Froté mis ojos y miré de nuevo. El reflejo del espejo era ahora normal. La barandilla, la rececpción e incluso la puerta del hotel se reflejaban en él, pero no había rastro del extraño huésped. Un cliente se aproximó a la recepción y pidió una llave. Al dársela, vi por encima de su hombro al tipo de la levita reflejado de nuevo en el espejo y dí un respingo. No había duda, ahí estaba, con su pelo engomado y su ridículo bigote.

-¿Se encuentra usted bien?- preguntó el cliente.

-Si, supongo que si- balbucí con dificultad.

-Pues nadie lo diría, tiene usted mala cara, cualquiera diría que ha visto usted un fantasma- dijo con una risotada mientras cogía su llave y subía por la escalera. Pasó junto al espejo, pero no se fijó en él, pasó de largo completamente indiferente. Tuvo la enorme fortuna que a mi me faltaría más tarde.

Esa terrible cara me miraba fijamente desde el espejo. Su expresión era una mezcla de horror y súplica, y aunque mi estado de ánimo había pasado de la inquietud al miedo, no pude evitar acercarme al espejo. Esa cara, esa mirada y un sonido rítmico, como de tambores, me atraían como el canto de una sirena. La imagen del extraño visitante se difuminaba cuando me acercaba al espejo, pero no así el extraño ruido, cada vez mas audible.

Cuando llegué al espejo, el reflejo era aparentemente normal, pero solo aparentemente. El interior del edificio se reflejaba, pero no en su estado actual, sino en el que debía de tener hace al menos cien años. En lo que hoy es la recepción había una conserjería, y nuestro visitante dormitaba recostado en una silla. Su atuendo cobró sentido, era el conserje del edificio.

Tras observar la escena unos segundos me percaté de que yo no me reflejaba en el espejo, y buscando mi imagen vislumbré una sombra, apenas un espectro junto a la puerta del edificio. Se movía con agilidad felina, era un hombre corpulento, envuelto en un largo gabán negro y oculto tras un sombrero de ala ancha. Se aproximó al conserje lentamente y se abalanzó sobre él de un salto. Le agarró del cuello y comenzó a estrangularle. Sus piernas se sacudían convulsivamente, los ojos del conserje se encontraron con los míos cargados de desesperación. Su profecía resonó en mi memoria ” Por supuesto que puede usted ayudarme, pero no lo hará ¿verdad?”. No tuve valor de intervenir, no logré reunir el coraje de atravesar el espejo y ayudar al conserje. El sonido rítmico se aceleró hasta hacerse insoportable y entonces comprendí. ¡Era el corazón del conserje martilleando mi conciencia!. Finalmente cesó, y yo huí despavorido escaleras abajo para refugiarme en la recepción.

No había tenido el valor de intervenir, y pese a que el conserje me advirtió, la culpa me corroe desde aquel día. Desde aquella fatídica noche vivo con temor. Cada cierto tiempo sucede de nuevo. El conserje me mira desde el espejo. A veces con miedo, otras con reproche, alguna vez creo reconocer lástima. Vivo con el temor a sus latidos, con su imagen en mi retina. Su pelo engomado, sus sempiternas ojeras y su ridículo bigote. Jamás he vuelto a asomarme al espejo, y mi cobardía me avergüenza. Siento vergüenza, culpabilidad y miedo.

Ya está aquí de nuevo, sus latidos son aún lentos, no quiero mirar, ¡no quiero mirar! pero no puedo evitar hacerlo. Es como el canto de las sirenas. Algún día me llevará con él, me arrastrará al otro lado, a través del espejo.

 

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